“La esquina de Bilbao está vacía sin ti”.

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Eso es lo que siempre pienso cuando no le veo ahí. “Esta esquina está vacía sin ti, señor Gardi”. Casi duele verla vacío, y casi me siento ofendida cuando otro ocupa su lugar. Porque esa esquina, para mí, es suya.

El mejor regalo del día siempre es cuando bajas las escaleras del metro y comienzas a escuchar notas de Manolo García, Enrique Urquijo…

Aunque tú no lo sepas
nos decíamos tanto,
con las manos tan llenas,
cada día más flacos.
Inventamos mareas,
tripulábamos barcos
y encendía con besos
el mar de tus labios

(y toda tu escalera… y toda la red de metro, Sr Gardi).

El primer día que lo vi ahí fue el 1 de agosto de 2013. ¿Que cómo recuerdo la fecha? Bueno, digamos que fue un día bastante importante en mi vida y verlo tocar Ganas de ti de Jorge Drexler simplemente fue poner la guinda…

Ven, cura esta pena,
quítame estas ganas de ti.
Ven, que está frío fuera
y hace tanto calor aquí.

Te ví
cruzar la calle
y algo crujió dentro de mí

Ven, que ya se hace tarde
y este tren se está por ir.

Muy señora mía
ten piedad de un simple mortal.
Ven, cura esta herida,
este blues de incierto final.

Tu piel
traerá perfumes,
reflejos de estrella fugáz…

Ven, ya no lo dudes,
no hará falta nada más.

Tan sólo: uuu nosotros dos.

¿Y si en ese momento provocó un crujido que hace que cada vez que paso por esa esquina quiera dejarle notas pintadas en las paredes al más puro estilo Amelie? Ríete, pero siempre lo pensaba. Por eso fue mi amor platónico durante años.

En todo este tiempo nos hemos saludado varias veces. Incluso un día tomamos café. La última vez que lo vi fue el 24 de marzo de 2017. Cuando me despedí no quise mirar atrás por si él no miraba de vuelta.

Hay que joderse con los amores platónicos… Juzgad vosotros mismos. Os dejo con él.

La calle que todo lo vio.

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La calle de los bolardos. La que está junto al mitiquísimo Café de Ruiz (donde tantas infusiones bebí) y la plaza dos de mayo (que me vio lucir mis faldas cortas).

La calle Galería de Robles, en mi Malasaña, donde viví cuatro años. La calle que me vio crecer. La calle que me veía cada mañana a las siete salir de casa rumbo al hospital. La calle en la que me recogió un taxi el 9 de febrero de 2014 para entrar en la casa de MasterChef y me depositó de vuelta la madrugada del 29 de marzo de ese mismo año (y qué sensación brutal de libertad aquella noche, que además pasé con él). Una de las calles más bonitas de Madrid. Una calle que huele a lápiz (no me preguntéis por qué, pero no es por el bolardo staedtler).

El número 5, mi antiguo portal. “Asegurada de incendios” decía el cartel, aunque alguno que otro provoqué. Donde algunos me besaron y otros tantos quisieron hacerlo. Donde muy pocos volaron hasta el tejado donde estaban los gatos más perdidos de Madrid. De esos, alguno acaricié hasta terminar rasguñada. Menos mal que nunca he sido de alcohol y me curaba con agua y jabón, que así dolía menos y salía más limpia.

De allí me fui en junio de 2016.

Hasta hoy he seguido recuperando todas las partes de mí que se quedaron allí.

He tardado, pero por fin las tengo todas conmigo.

Personulidad múltiple.

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La atormentada y la que está bien así. La víctima y la verdugo. La que quiere que la quieran y la que los rechaza a todos. La healthy y la que sobrevive a base de galletas de chocolate. La que adora su trabajo y la que lo odia. La pacífica y la violenta. La que se ama y la que se odia. La mojigata y la puta. La que es una yonki del café y la que prefiere el té verde por los polifenoles. La consciente y la inconsciente. La que quiere tener pareja y la que quiere vivir en soledad. La fresita y la hater. La que lo ve todo de color de rosa y la gótica. La que ama la vida y la que se quiere morir ya. La miedosa y la temeraria. La que calla y la que grita. La incomprendida y la valorada. La que lo analiza todo y la que no se entiende ni ella. La hallada y la perdida. La crudívora y la almidonívora. La ahorradora y la despilfarradora. La que se siente sola y la que siempre está con gente (a veces, le pasan las dos cosas al mismo tiempo). La que quiere compromiso y a la que le da urticaria. La andaluza y la madrileña. La que no sabe lo que quiere y la que lo tiene clarísimo. La cuadriculada y la de mente abierta. La paciente y la impaciente. La que no entiende nada y la que lo comprende todo. La compasiva y la intransigente. La romántica empedernida y la arisca. La flojucha y la que puede con todo lo que le pongan por delante. La princesa Disney y la bruja mala. La que no soporta esperar, y la que espera toda una vida. La mansa y la fiera. La que pone mil pegas y la que lo pasa todo por alto. La que escucha canciones cuquis y la que escucha canciones para coger depresión y no soltarla. La que está a tope de power y la que no puede con la vida. La incapaz de nada y la capaz de todo. La consejera psicóloga y la que no responde a los mensajes. La ecologista empedernida y la que no separa la basura. La amante, amiga y compañera y la que te bloquea en todas las redes sociales. La normal y la rara. La que quiere un whiskey solo y la que se pide un agua con limón. La que tiene todos esos personajes que “la protegen”.

 

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La que se quita (o le quitan) la venda. La que ve a todos esos personajes y los pone en el paredón antes de acabar con ellos definitivamente.

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La que queda. La que es cada día más libre. La que es.