La calle que todo lo vio.

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La calle de los bolardos. La que está junto al mitiquísimo Café de Ruiz (donde tantas infusiones bebí) y la plaza dos de mayo (que me vio lucir mis faldas cortas).

La calle Galería de Robles, en mi Malasaña, donde viví cuatro años. La calle que me vio crecer. La calle que me veía cada mañana a las siete salir de casa rumbo al hospital. La calle en la que me recogió un taxi el 9 de febrero de 2014 para entrar en la casa de MasterChef y me depositó de vuelta la madrugada del 29 de marzo de ese mismo año (y qué sensación brutal de libertad aquella noche, que además pasé con él). Una de las calles más bonitas de Madrid. Una calle que huele a lápiz (no me preguntéis por qué, pero no es por el bolardo staedtler).

El número 5, mi antiguo portal. “Asegurada de incendios” decía el cartel, aunque alguno que otro provoqué. Donde algunos me besaron y otros tantos quisieron hacerlo. Donde muy pocos volaron hasta el tejado donde estaban los gatos más perdidos de Madrid. De esos, alguno acaricié hasta terminar rasguñada. Menos mal que nunca he sido de alcohol y me curaba con agua y jabón, que así dolía menos y salía más limpia.

De allí me fui en junio de 2016.

Hasta hoy he seguido recuperando todas las partes de mí que se quedaron allí.

He tardado, pero por fin las tengo todas conmigo.

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